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Partido de Los Caníbales (Las Rozas C) contra SPV sénior C. Se sube el telón. Asoman por las portezuelas de los banquillos dos equipos que no se conocen. Se miran con disimulo unos a otros durante el calentamiento, ese tiempo de mutuo reconocimiento y de escrupulosa búsqueda de los jugadores fuertes del otro equipo. ¿Todo en orden o todo a punto de estallar?
Se encienden los focos: restalla la pastilla contra el suelo en el saque inicial. Chocan los palos, se toman posiciones, primeros cuerpo a cuerpo, los alas zumban como balas a lo largo de las vertiginosas vallas, los defensas les dan caza al vuelo, más choques de palos. El partido coge ritmo. En la primera mitad domina el SPV, pero Los Caníbales resisten el temporal. Se suceden las jugadas y el SPV empieza a tirar con veneno de cobra. El portero de Los Caníbales, rápido como una mangosta, para un tiro tras otro.. Por nuestra parte hubo tiros sin medida ni consuelo: tiros rasos, tiros por la escuadra, a media altura, de cerca y lejos, de barrido y slap. Una mariposa ágil, un guante de muelle allá o una salida presta acullá, todo lo paraba. Sin duda, este portero nos proporciona una lección. Para así, aparte de sus cualidades físicas, por su lectura del juego, la cual transforma en anticipación. Respecto a nosotros, tiramos sin sorprender; nuestro cuerpo nos delata, preparamos demasiado el tiro.
En una subida en tromba, y tras el rebote de un tiro fuerte como una coz, logramos meter un gol. Alegría sentida más allá del gol. Estamos cerrando bien atrás, las alas están basculando con velocidad y el equipo muestra cierta cohesión. Sin embargo, al final del primer tiempo nos desorganizamos un poco.
Baja el telón: descanso. Nos damos ánimos y consejos, nos hacemos observaciones útiles y nos subrayamos errores.
Se encienden las luces de nuevo: el segundo acto comienza. Los Caníbales salen con fuerza. Aguantamos, aguantamos… no conseguimos coordinarnos bien del todo… aparentemente no hay mucha diferencia con el primer tiempo… pero en un contragolpe suyo, no demasiado elegante para nuestra desgracia, meten un gol.
Último acto: el SPV acorrala a Los Caníbales. Se suceden los tiros sin parar. Nacho tira de lejos; Julio y José, de cerca; Adrián, en regate; todos tiramos a puerta continuamente. El portero acusa el cansancio. Empieza a tirarse al suelo con lentitud desconocida. Adrián protagoniza un gran jugada: coge la pastilla en defensa y se va hacia el centro; tres contrarios le esperan. La conduce con precisión y gracejo entre un desfiladero de palas caídas como guillotinas; sale sano y salvo y descerraja un tiro que, ¡negra rabia!, sale fuera.
Apretamos, apretamos y apretamos… Quedan dos minutos.
El desenlace: penalti sobre el SPV. Sí, un penalti involuntario (No es un error: ¡Un árbitro que pita en los dos último minutos?). La única falta del partido. Todas las miradas se clavan en Skippy, nuestro portero. El delantero se lo lleva hacia la derecha y cuando parece que ha cerrado el hueco bien, sale la pastilla de la punta de la pala elevada a media altura del poste izquierdo. Gol.
Furia renovada del SPV. Lluvia de tiros sobre el portero. Queda un minuto. Cada vez le cuesta más estirarse. Arrecia la lluvia de tiros… Pitido final.
Un 2-1 que nos sabe a derrota dulce. Jugamos bien, mostramos cohesión, los dos equipos se comportaron con deportividad y hubo lucha sin igual. ¿Qué más se puede pedir?
¿Un título para la obra? Hockey en estado puro. |